Perú se encuentra en un momento clave frente a la creciente incertidumbre energética global. Según un reciente análisis de la firma Marsh, las empresas peruanas están comenzando a prepararse para enfrentar un posible “shock energético”, aunque aún persisten importantes desafíos estructurales que podrían afectar la estabilidad económica del país.
Uno de los principales hallazgos del informe es que la energía ha dejado de ser un simple costo operativo para convertirse en un factor crítico dentro de la toma de decisiones empresariales.
Especialistas advierten que el encarecimiento de los combustibles —impulsado por conflictos internacionales como la guerra en Medio Oriente— ha elevado la preocupación en sectores productivos clave.
De hecho, el costo energético podría llegar a representar entre el 20% y el 40% del total en industrias intensivas, lo que impacta directamente en la rentabilidad de proyectos, especialmente en sectores como minería, cemento, metalurgia y transporte.
El informe destaca que las industrias más expuestas son aquellas con alta demanda energética. En Perú, esto incluye:
Estas actividades no solo dependen del suministro eléctrico, sino también del costo de los combustibles y del transporte internacional, que se ha encarecido en medio de la volatilidad global.
En este contexto, un aumento sostenido en los precios de la energía podría frenar inversiones o incluso paralizar proyectos estratégicos en el país.
Uno de los puntos más críticos es la estructura del sistema energético peruano. Actualmente, una gran parte de la matriz depende del gas natural y de la generación hidroeléctrica, con una participación aún limitada de energías renovables.
Esta concentración genera riesgos importantes: cualquier interrupción en el suministro de gas puede tener efectos inmediatos en toda la economía. De hecho, recientes incidentes en el sistema de transporte de gas han evidenciado la fragilidad del modelo energético nacional.
Además, la crisis energética registrada en 2026 —considerada una de las más graves en décadas— dejó en evidencia la falta de infraestructura alternativa y de planes de contingencia sólidos.
Ante este escenario, las empresas peruanas han comenzado a incorporar el riesgo energético dentro de sus estrategias de gestión.
Hoy, muchas compañías incluyen este factor en sus planes de continuidad de negocio, con el objetivo de mitigar posibles interrupciones en el suministro o aumentos abruptos de costos.
Este cambio refleja una nueva realidad: la energía ya no es un elemento predecible, sino una variable estratégica que puede definir la viabilidad de una inversión.
El contexto internacional también juega un papel clave. Eventos como tensiones en rutas estratégicas —por donde circula gran parte del petróleo mundial— pueden alterar los precios y afectar directamente a economías como la peruana.
Esto demuestra que Perú, aunque no sea un gran importador de energía, no está aislado de las dinámicas globales y debe prepararse para escenarios de alta volatilidad.
Perú enfrenta un desafío energético que podría redefinir su desarrollo económico en los próximos años. Si bien las empresas están tomando medidas para adaptarse, la vulnerabilidad de la matriz energética y la dependencia de recursos específicos siguen siendo factores de riesgo.
La clave estará en fortalecer la infraestructura, diversificar las fuentes de energía y consolidar estrategias empresariales que permitan enfrentar un posible shock energético sin comprometer el crecimiento del país.